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miércoles, 14 de agosto de 2019

Buitrón, El crimen perfecto del Febresborjismo

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El crimen perfecto del febresborjismo
15
Miércoles
Abr 2015
Posted by rubendariobuitron in Periodismo ≈ Deja un comentario
EtiquetasÉtica, Derechos Humanos, Libros, Literatura, Miguel Donoso Pareja, Poesía, Talleres de literatura
GG y RDB

Gustavo Garzón fue mi hermano en la poesía y el relato y la lectura y, por tanto, en la vida.

Con él, ambos veinticincoañeros, y unos 15 compañeros más (Huilo Ruales, Pablo Salgado, Galo Galarza, Alfredo Noriega, entre otros), hicimos la “maestría” en literatura durante tres años bajo la tutoría del querido maestro Miguel Donoso, quien no solo nos enseñó a escribir textos sino a que la escritura y la vida son actos de rebelión incesante.

Poco antes de terminar los 36 meses de taller, Miguel recopiló lo que para él eran nuestros mejores cuentos elaborados en esa etapa y editorial El Conejo publicó El libro de posta.

Y luego, como si fueran nuestras tesis de grado, bajo su mirada rigurosa e irreverente, Miguel y la Casa de la Cultura, dirigida por el mejor presidente que ha tenido la institución, Edmundo Ribadeneira, publicaron nuestros primeros libros.

El de Gus, a quien yo lo llamaba “el monstrito tierno”, se llamó Brutal como el rasgar de un fósforo, una serie de cuentos dedicados a los guerrilleros de aquellos años. El mío, Instrucciones para llegar al orgasmo (instrucciones que, en realidad, eran una provocación experimental, un intento de bofetada a la sociedad hipócrita y mojigata de aquellos años).

Cuando concluyó el taller de Miguel nos sentimos huérfanos, solos.

No había otra manera de seguir que juntándonos de nuevo.

Y entonces, Gustavo y otros compañeros (entre ellos Rubén Vásquez, médico, dibujante y poeta exquisito; Byron Rodríguez, periodista, novelista y un maestro de la crónica; y Ramiro Pérez, un personaje singular e indescriptible) fundamos nuestra propio taller y revista literaria, La Mosca Zumba, una expresión y un espacio de todo lo que aprendimos con el maestro.

Alcanzamos a publicar cuatro números. Todo un récord en el Ecuador.
Con orgullo recuerdo que nuestra mosquita más brillante en esa segunda etapa fue Lucrecia Maldonado, quien hoy es, sin duda, una de las mejores escritoras contemporáneas del Ecuador.

A Gustavo lo encarcelaron por supuesta tenencia ilegal de armas y la policía “antisubversiva” le robó su camioneta. Un año después quedó libre por falta de pruebas.

Luego de la cárcel quería terminar su doctorado en Literatura en la U. Católica y seguir escribiendo.

Rodrigo Borja (Izquierda Democrática) ya era presidente dos años antes. Y pese al simulacro que este hiciera al cerrar el tenebroso Servicio de Investigación Criminal (SIC) como un gesto de poner fin al pasado oprobioso, represivo y de terror de Febres Cordero, algún oscuro grupo militar o policial desapareció a Gustavo el 9 de noviembre de 1990.

Dejó unos diez o doce cuadernos con decenas de poemas, cuentos y un borrador de novela. Todo inédito hasta hoy, aunque existen ciertas ediciones de escasa circulación u otras que hizo el Municipio de Quito, pero que quedaron embodegadas para que se devoraran los roedores.

Con su madre, doña Clorinda, y grupos de amigos y compañeros, lo buscamos por todas partes. Los criminales del Estado no dejaron un solo indicio. Aprendieron a matar sin dejar huella.

Una vez fuimos al cuartel de paracaidistas en Latacunga, donde desde la época del conservador Osvaldo Hurtado ya torturaban a los detenidos por sospecha de rebelión armada.

No estaba allí. Ni acá. Ni allá. Ni en ninguna parte.

Nunca más apareció. Nunca más lo vimos.

Los funcionarios del gobierno socialdemócrata no supieron o no quisieron explicar por qué mantuvieron la estructura criminal-represiva de Febres Cordero.

Por eso yo acuso de la desaparición de Gustavo Garzón al presidente Rodrigo Borja. A sus ministros. A sus generales. A sus jueces. A sus fiscales. A sus diputados. A todos los que desgobernaron el país de 1988 a 2002.

Porque en este caso de tanta nostalgia no hay inocentes: el febresborjismo cometió el crimen perfecto.

___________

Fotografía: Archivo particular (a la izq., Rubén Darío Buitrón. A la der., Gustavo Garzón)

sábado, 20 de julio de 2019

Buitrón, Opinión, Diario del norte, mayo de 2007

Opinión
Por Rubén Darío Buitrón.
Publicado en el diario del Norte mayo del 2007.

Tenía 32 años cuando se esfumó detrás de la noche. Hacían apenas tres meses que había salido de la cárcel. Pasó allí, un año privado de su libertad por un juez paranoico que no encontró pruebas para inculparlo, pero aplazó la absolución quizá con el afán de no enojar a los estrategas del miedo colectivo.

Era intenso, vital, profundo. Capaz de cuestionar radical y directamente no solo a la sociedad, no solo al mundo, sino a su propia razón de ser.

Era mecánico de aviación. Hablaba un perfecto inglés, viajó mucho. En Israel se enamoró. En Estados Unidos entendió que la brecha era profunda entre una nación y otras muchas.

Admiraba a Police, a Swing, a Roque Dalton. Llevaba decenas de cuadernos con letras de canciones, con poemas, con citas, con reflexiones. Con borradores de capítulos. Con proyectos de novelas. Con relatos como dardos venenosos al centro del conformismo, de la abulia, de la mediocridad, de la resignación, del desamor.

Vivía solo en un cuarto, rodeado de distintas soledades; sus compañeros del taller de literatura que no entendimos como su narrativa era un espejo del futuro, la amiga que nunca se entró que él la amaba, los colegas que lo querían mucho, pero jamás comprendieron la dimensión de sus ideales.

Dos años antes de que la madrugada no dejara rastro de él, en Ecuador había terminado el gobierno de León Febres Cordero. El país ingenuo creyó que para 1990 había terminado la larga batalla entre los guerreros ingenuos y los soldados obedientes. Que el régimen de Rodrigo Borja sería distinto. Que la paz retomaría su camino. Que se acabarían los asaltos a bancos, los secuestros, la infértil militancia armada, las desapariciones, las torturas, la cárcel, los exilios.

Pero todo siguió intacto; el miedo, la incertidumbre, la cacería, las clandestinidades, los resentimientos, los remordimientos, el deseo de venganza.

En medio de estos insomnios alcanzó a publicar un libro que tituló “Brutal como el rasgar de un Fósforo”, un libro que publicó en Municipio de Quito y se perdió en las telarañas de una bodega burocrática.

Pero, “Brutal como el rasgar de un Fósforo”, no fue solo eso; su titulo, semejante a un  deja vu, resultó premonitorio; un simple chasquido de dedos es suficiente para la ausencia definitiva, una orden rápida y burda basta para arrancar a la vida un corazón, una instantánea ceguera sirve para no ver la más absurda estupidez.

Amó con pasión la vida y esa intensidad la legó a su madre Clorinda. Tímida, desconcertada, agredida brutalmente en su más recóndita esencia, con sus ojos resecos recorrió morgues, hospitales, cárceles, oficinas militares y policiales y un iércoles al medio día llegó a la Plaza Grande para unirse a los Restrepo en una lucha que 17 años después no termina.
Ningún rastro, ninguna huella. Ningún indicio. El caso de Gustavo Garzón –monstruito tierno, hermano de páramos y jazz – no puede seguir como el crimen perfecto que avergüenza desde el silencio. Es hora de que el país conozca quien tendió sobre Gustavo un pesado manto y se lo llevó para siempre en medio de la noche dolorosa.

Buitrón, Noche de sedientos lobos, Hoy, 8 de septiembre de 1991






Noche de Sedientos Lobos.
(Rubén Darío Buitrón) – Diario Hoy domingo 8 de septiembre de 1991.

Casi un año después de su desaparición, nadie sabe nada del joven escritor quiteño Gustavo Garzón.

La noche del 9 de noviembre parecía destinada a ser una noche más.

Los bares regaban sus angustias como espuma de cerveza. Los salones se intoxicaban de despechos e ilusiones. Las discotecas bailaban la danza del sexo intrascendente.

Por eso la noche de ese viernes parecía la misma noche del mismo viernes de siempre. Hasta que llegó la madrugada. Empezaba a ser sábado. En uno de aquellos lugares, algunos amigos y amigas disfrutaban de Gustavo, de todo su regreso.

Pero las calles estaban llenas de silencios e incertidumbres como monstruos solapados. Eran las tres de la mañana y Gustavo que trataba de respirar de nuevo la poca libertad que le quedó después de la absurda cárcel, se cansó de tanto ruido y desesperanza, se despidió de ssu compañeros y se fue para su casa.

Desde entonces, la noche del viernes 9 de noviembre de 1990, dejó de ser una noche cualquiera. Ahora es, en la mitad del recuerdo y del cariño, una noche de perseguidores, de sedientos lobos, de fantasmas deformes y brutales. Es que, desde entonces, Gustavo se fue por aquellas calles de silencios e incertidumbres y jamás, llegó al abrazo de sus hermanos, de su madre, de su casa, de nadie más lo volvió a ver.

El lunes 12 de noviembre se llenó de oscuros presagios para la familia y los amigos. Se organizaron grupos para encontrarlo, para preguntar por él, para tenerlo de nuevo, aunque estuviera herido, dolido, triste, abandonado o muerto.

Nadie lo había visto. El gris itinerario empezó en clínicas, hospitales, servicios de emergencia. Pasó luego por la policía. Terminó en las morgues.

Gustavo no apareció. La tarde de aquel lunes se presentó la denuncia de la desaparición en el Servicio de Investigación Criminal (SIC). En este reino de promiscuidad, un uniforme advirtió a gritos que la denuncia ya no podía ser tramitada, porque había que presentarla “en un plazo máximo de 48 horas”.

Lo que vino después fue peor. Sin embargo del enorme peso de su dolor, la madre, Clorinda Guzmán, decidió apuntar a lo seguro. Decidió martillar en el SIC con la denuncia, insistir en que los malencarados hagan algo, por encontrar a su hijo.

No, los uniformados de civil, dijeron no conocer nada. Sus generales y superiores tampoco “Estamos investigando, pero no sabemos que pasó”, fue el coro de voces destempladas y huecas todos se vistieron con la palabra “nada”; ministros, subsecretarios, funcionarios judiciales y policiales. Y con ese ropaje fueron cerrando a Clorinda Guzmán las pocas puertas oficiales que quedaban.

Pasaron las horas duras, violentas, desesperantes. Vinieron los días vacíos, sin luz ni afectos cercanos. Llegaron las semanas y los meses. Gustavo se volvió una constante presencia ausente. Estaba en la mesa del comedor de su casa, en el taller literario, en la sala de los amigos, en los libros, en las reuniones, en el cine, en la música, en la poesía, en la calle, en la plaza, en la ciudad, en los pueblitos, en todo corazón cálido, profundo, abierto y solidario.

Gustavo es ahora una presencia intangible, como un ángel transparente y tibio que está, pero no se le ve.

La madre, la familia, los amigos han encontrado la respuesta a “la vida” oficial y absurda: a la nada hay que responderle con todo , a la ausencia hay que responderle con presencia, a la muerte hay que responderle con vida.

Y con estas tres banderas, con el todo, con la presencia, y con la vida, se van multiplicando como ecos las voces y las almas que quieren ver a Gustavo total, a Gustavo presente, a Gustavo vital.

Porque no es posible conformarse con el recuerdo. No es posible conformarse con las hipótesis. No es posible conformarse con el drible del señor ministro de gobierno al decir “ hay mil versiones sobre la desaparición de Garzón, hasta las más disparatadas”. No es posible conformarse con los quizá, los tal vez, los probablemente. No.

Cuando el caso de los niños Restrepo  empieza a dejarnos ver el verdadero rostro de la brutalidad y la estupidez, el verdadero rostro de la violencia y el cinismo, es hora de que Gustavo regrese vivo, limpio, profundo y tierno. Tal como era hasta la noche del 9 de noviembre de 1990.

Porque, si “desapareció” para siempre aquella noche de perseguidores, de sedientos lobos, de fantasmas deformes y brutales, no vayan a creer los adoradores de la “nada” que va a haber tregua.

No la habrá, porque el amor concreto y tangible, no admite silencios o incertidumbres.

Buitrón, Rubén Darío. "Noche de sedientos lobos". Hoy. Temas (Quito), 8 de septiembre de 1991. 2C.

domingo, 2 de febrero de 2014

Buitrón, ¿Qué sabe el general Vaca del crimen al Escritor Gustavo Garzón?

¿Qué sabe el general Vaca del crimen al escritor Gustavo Garzón?

por rubendario buitron

Paolo Troilo
Era noviembre de 1990, bajo el gobierno de Rodrigo Borja. Aunque ya no estaba León Febres Cordero como presidente, permanecía intacta la estructura policial de inteligencia, tortura, desapariciones y crímenes que nació en el régimen de Osvaldo Hurtado y se perfeccionó y reforzó con Febres Cordero para su “guerra contra el terrorismo”.
Ese grupo de oficiales estuvo a cargo de matar, torturar, perseguir o acosar a decenas de ciudadanos vinculados o acusados de subversivos y de integrar los grupos Alfaro Vive Carajo (AVC) y Montoneros Patria Libre (MPL).
Cuando desapareció Gustavo Garzón Guzmán, no habían pasado sino pocas semanas de que saliera de la cárcel, en el penal García Moreno, donde pasó un año acusado de delitos que los jueces nunca pudieron probar.
Él pertenecía a la organización MPL, grupo que, paralelamente al AVC, luchó contra el nefasto gobierno de León Febres Cordero.
La detención se produjo el 7 de agosto de 1989, en Quito, por miembros de Inteligencia Militar. que aseguraron haber encontrado armas en el vehículo en el que circulaba con Marcos Lenin Checa Artos. En el Servicio de Investigación Criminal Pichincha, conocido como SIC 10, durante cinco días fue sometido a crueles torturas y persistentes interrogatorios (http://comunidadreal.wordpress.com/2011/04/14/relatos-caso-gustavo-garzon).
Era un joven escritor de brillante futuro literario. Cuando lo detuvieron ya tenía un manuscrito con un libro de cuentos (“Brutal como el rasgar de un fósforo”) que sus excompañeros del taller de literatura de Miguel Donoso Pareja logramos publicar años después.
El libro se imprimió gracias al Municipio de Quito, pero no circuló por extrañas políticas del Cabildo de entonces, que auspiciaba la edición de textos y luego los embodegaba.
Sus compañeros debemos comprometernos a recuperar el libro de esas bodegas y ponerlo a circular.
Tras su desaparición, con todas las características del “crimen perfecto”, pudimos recopilar decenas de cuadernos con testimonios suyos, con poemas, con nuevos cuentos, que hace tiempo debieron haberse convertido en libros.
Él desapareció en noviembre de 1990. Cerca de la medianoche se encontraba con un grupo de amigos en la discoteca Son Candela, celebrando su libertad. Una versión asegura que les dijo que se iba al baño, pero nunca más regresó a la mesa. Alguien lo vio salir del local. Y se esfumó.
Lo buscamos, durante muchos días, semanas, meses y añosen todo lugar posible: hospitales, clínicas, morgues, cárceles, cuarteles, casas de amigos, ciudades, pueblos, contactos en países fronterizos.
Se hicieron llamados públicos para que si alguien supiera algo de él por favor informara a la familia o a los amigos.Nada.
Su madre, Clorinda, se unió durante muchos años cada miércoles al mediodía a las protestas de los Restrepo en la Plaza de la Independencia, en Quito.
Exigía lo mismo que la familia colombiana: que al menos se dijera dónde estaban los cadáveres de sus hijos y le entregaran a la familia para sepultarlo y sepultar, ya con certidumbre, ese inmenso dolor.
Pero ninguna gestión, nada de lo que intentamos hacer, sirvió para que Gustavo Garzón apareciera o, al menos, para conocer su destino.
Nunca más ninguno de nosotros lo volvió a ver.
Gustavo, mecánico de aviación que trabajó en la FAE, fueuno de los más talentosos narradores durante los tres años que pasamos juntos en el taller de literatura de la Casa de la Cultura.
Sus textos siempre eran sorprendentes. Cada uno muy distinto al otro.
Escribió algunos cuentos sobre su experiencia en el MPL,nunca en primera persona sino, siempre, desde la perspectiva de tragedias que ocurrieron con algunos de sus compañeros.
Cuando salió de la cárcel, pese al shock que vivía por las torturas sistemáticas que sufrió y aguantó en silencio, sin delatar a ninguno de sus compañeros, tenía entre sus planes terminar su doctorado en Literatura en la Pontificia Universidad Católica (PUCE) de Quito. Y luego, según nos decía, quería viajar y escribir.
Sé que hay cientos de desaparecidos en el Ecuador. Trato de entender el dolor de todos los familiares y amigos.
Pero siento el profundo pesar de que casi nadie ya recuerda a Gustavo. De que, aparte de algunos talleres literarios que se hicieron en su nombre, nos dejamos vencer por la perversidad del tiempo y del silencio.
Durante los primeros años de su desaparición, yo solía soñarlo con mucha frecuencia.
El sueño era recurrente y simple: aparecía, nos abrazábamos, llorábamos por la emoción de sabernos juntos de nuevo, hacíamos planes para reunir a los jóvenes escritores y seguir con nuestro proyecto de la revista La Mosca Zumba, de la cual apenas alcanzamos a publicar cuatro números.
Durante esos días, a ratos me parecía alucinar. Lo veía en la calle, en el bus, caminando por el centro entre la gente, deambulando en alguna calle nocturna. Pero no, la visión se difuminaba y volvía a la realidad: simplemente, Gustavo ya no estaba entre nosotros.
Hoy lo recordé, mientras leía en los diarios sobre la detención en Washington, EE.UU., del presunto torturador y criminal Edgar Vaca, general de Policía que comandó un tenebroso grupo antisubversivo ilegal en la época de León Febres Cordero.
Según http://comunidadreal.wordpress.com, en abril de 2003, una publicación de prensa afirmaba: “Un ex oficial de inteligencia del ejército asegura que el general Edgar Vaca conoce dónde están los restos del escritor Gustavo Garzón” y en otra noticia de junio del 2003, se indicó: “Un miembro de inteligencia reveló que el general Edgar Vaca conocía exactamente donde se encuentran los restos del escritor Gustavo Garzón”, y al día siguiente se publicó “Un oficial de inteligencia militar dio una pista que detrás de la desaparición del escritor estuvieron las fuerzas de seguridad del Estado”.
Ahora que la Fiscalía General ha retomado el caso de los delitos de lesa humanidad en contra de los guerrilleros detenidos en aquella época, quienes acusan al grupo policial por tortura, violencia sexual, detenciones ilegales y desaparición forzada, le pido al fiscal Chiriboga que recuerde el caso de Gustavo Garzón, extradite a Vaca y le pregunte sobre este crimen.
Las nuevas generaciones deberán conocer la historia de Gustavo Garzón y de todas las desapariciones forzadas durante los años 80 y 90.
Nosotros queremos tener la certeza de quiénes lo mataron y de que los asesinos intelectuales y materiales paguen su infamia.
Tomado de: http://rubendariobuitron.wordpress.com/2014/01/30/gustavo-garzon-el-desaparecido/